Todos sabemos lo frustrantes que pueden ser las entrevistas de trabajo. Llegamos a casa hechos polvo y nos pasamos los días controlando el teléfono. Por eso vale la pena que de vez en cuando nos las tomemos a risa y nos relajemos un poco. Yo he tenido algunas de lo más surrealistas, igual que mis amigos, y cuando las recordamos ahora, siempre acabamos de buen humor. Espero que tú también y, si de paso, te sirve de ayuda la información de este blog, mucho mejor.

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miércoles, 2 de febrero de 2011

Pero de buen rollo, ¿eh?


A Elena la llamaron de una emisora de soul para un empleo como locutora. La chica iba como loca de contento, y no es para menos, teniendo en cuenta que acababa de terminar la carrera. Las cosas se empezaron a torcer en cuanto cogió el autobús, muy popular entre los drogadictos de la ciudad. De hecho, la oficina estaba en un polígono industrial de fama algo dudosa, pero lo cierto es que de día hay miles de personas trabajando allí, así que Elena se convenció de que todo era normal. Bueno, todo, todo, no. Para empezar, el local medía unos 5 m2, para compartir en intimidad, vamos. El entrevistador iba de buen rollo, con tatuajes, rastas, etc., pero con una cara de baboso que se salía. Lo primero que le dijo es que le parecía muy guapa y que estaba seguro de que se iban a entender. Después le explicó que su trabajo, además del de locutora, consistiría en promocionar por los bares una bebida especial elaborada a partir de cannabis. En fin, esto por un amigo, a lo mejor, pero por alguien que no conoces...

sábado, 29 de enero de 2011

¿Qué me pongo para la entrevista?



Dicen los expertos que a la hora de escoger indumentaria para una entrevista de trabajo, lo recomendable es elegir tonos azules, ya que es un color que transmite responsabilidad. Está claro que hubo un día en mi vida en que no tenía esa información porque recuerdo muy bien que acudí vestida completamente de rojo, botas incluidas. Después de las preguntas de rigor (experiencia, estudios...), el tipo me explica de qué va el trabajo, concretamente en el departamento de márketing de una firma de venta de ropa online. A lo mejor es que yo venía de una empresa en la que se pencaba mucho, pero, de entrada, me pareció que el trabajo en sí no podía necesitar más de tres horas al día, así que le pregunté si el empleo era de media jornada. Por supuesto, no me cogieron: demasiado rápida. Y es que para qué contratar a alguien que hace el trabajo en 4 horas si pueden pagar ocho. De todos modos, por si acaso, nunca más he ido tan llamativa a una entrevista.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Si eres mona, mejor

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 CC imagen de Edgie168 en Flickr

Uno de los jefes más raros y con un sentido del humor más negro que he tenido en mi vida fue el responsable de Edición de un periódico. Tengo que decir, sin embargo, que a pesar de sus rarezas, te permitía decirle con toda franqueza lo que pensabas de cualquier cosa. Se dio la circunstancia de que necesitábamos una persona más en el departamento –sí, hubo un tiempo en que eso sucedía– y empezó a hacer entrevistas a posibles candidatos. Después de la primera, le pregunté qué tal había ido y su respuesta no pudo ser más sincera: "No la voy a coger porque es muy fea". Le digo que me parece injusto y me suelta que ya que la va a tener delante ocho horas al día, mejor si es guapa. Y, a continuación, añade que en mi selección fue determinante que tuviera unas manos bonitas y bien cuidadas. Si lo llego a saber, en lugar de pagarme un máster, me compro un bono de manicura.

¿Y usted cómo está de fuerza?


Un amigo irlandés arqueólogo me contó que su primer empleo fue en una zona donde pensaban construir una carretera, pero en la que cabía la posibilidad de que existieran restos históricos. Cuando llegó a la empresa, lo primero que le sorprendió es que todos los arqueólogos seleccionados fueran jóvenes muy atléticos, como él. La respuesta no se hizo esperar. Su trabajo consistía básicamente en ir cavando con un pico de considerable peso los márgenes de la carretera en busca de posibles restos. Lo peor de todo, me comentó, no es que en Dublín llueva un día sí y otro también, sino ver a los operarios sentados cómodamente en sus excavadoras a la espera de que los arqueólogos les dieran el visto bueno para seguir. Mi amigo está convencido de que todavía hoy se están riendo de él.